Con ojos de fe

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Handel vs. Amenábar, o los usos del pasado

Escrito por derechoparroquial 15-11-2009 en General. Comentarios (0)

 

Con permiso del autor, reproduzco una bella reflexión sobe la película de Ágora. Seguro que nos sirve para reflexionar en serio...

 

Santiago Guijarro Oporto

Profesor de Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca

 

En 1747 George Frideric Handel compuso uno de sus oratorios más bellos y personales.Llevaba por título Theodora, y contaba una historia ambientada en Antioquía a comienzos del siglo IV d. C. Con motivo de su cumpleaños, el emperador Diocleciano promulga un decreto para que todos ofrezcan sacrificios a Venus y Flora, pero la princesa Theodora, fiel a su fe cristiana, se niega a hacerlo. El castigo que la aguarda no será la muerte, sino algo peor: la prostitución forzada. El oficial Dídimo, que está enamorado de ella y es también cristiano, idea un plan para rescatarla, pero al final es descubierto y los dos son castigados con la muerte. La trágica historia de Theodora está llena de gestos de heroísmo y generosidad, que el genio musical de Handel expresa de forma sublime.

Theodora es un oratorio muy particular. Es el único drama sagrado compuesto por Handel que no se inspira en el texto bíblico. Por una sola vez, Handel dejó las páginas de la Biblia y buscó inspiración en la historia del cristianismo naciente. Este hecho insólito en la trayectoria del compositor inglés tiene, sin embargo, una explicación. Inglaterra acaba de salir de una guerra de religión, que la había enfrentado con las católicas potencias de Francia y España, las cuales sólo dos años antes habían instigado la rebelión jacobita. La presión del catolicismo continental era percibida como una amenaza que conduciría a la conversión forzosa de los fieles anglicanos.

Handel, y su libretista Thomas Morell, recurrieron a un episodio del pasado que resultaba evocador en la situación que estaban viviendo sus contemporáneos. Hicieron uso del pasado para influir en el presente, proponiendo unos valores a través de su forma de contar la historia. Pero no sucumbieron a la tentación de corear la habitual propaganda británica anticatólica, sino que compusieron un canto a la libertad religiosa y a la convivencia de los credos. La historia ofrecía numerosas posibilidades, y el ambiente propiciaba otras lecturas, pero ellos supieron estar a la altura del tiempo y quisieron promover una actitud constructiva.

Ágora, la reciente película de Alejandro Amenábar, se parece en algunas cosas al oratorio de Handel. En ambos casos se trata de una creación artística elaborada sobre episodios sucedidos en los primeros siglos del cristianismo, y en ambos casos la evocación del pasado tiene que ver con la situación presente. Sin embargo, las opciones de Handel de Amenábar son muy distintas, y la comparación entre ellas hace reflexionar sobre la responsabilidad ética de artistas, literatos y creadores.

 

Handel y Amenábar se sitúan en dos orillas diferentes. El primero en una época en la que el cristianismo era una religión prohibida y perseguida; el segundo, un siglo más tarde, cuando estaba pasando a ser la religión del imperio. Ambos han elegido un episodio dramático, que termina con la muerte violenta de la protagonista, en ambos casos una mujer excepcional. Sin embargo, mientras que Handel podría haber recurrido a cientos de ejemplos similares al que escogió, Amenábar habría tenido más difícil encontrar otra historia similar a la de Hypathía.

Ágora cuenta uno de los episodios más lamentables de la historia del cristianismo antiguo. Un episodio sucedido en la agitada Alejandría, en la que las discusiones eran siempre acaloradas, las algaradas estaban a la orden del día, y los enfrentamientos entre grupos y partidos religiosos eran frecuentes. El violento asesinato de la filósofa Hypathía, confidente y consejera de Orestes, el prefecto imperial, fue sin duda una acción detestable, pero no es representativa de una comunidad religiosa que había asumido el mejor legado del mundo antiguo, y lo conservaba y transmitía en sus escuelas. De hecho, la comunidad cristiana de Alejandría se sintió avergonzada durante años por aquella infame acción.

La elección del episodio es importante, pero no lo es menos la forma de contarlo. En un relato –y una película es básicamente un relato- el narrador, es decir, el personaje invisible que va contando la historia, es clave para descubrir su finalidad retórica, es decir, aquello de lo que se quiere persuadir al lector, oyente o espectador. El propósito del narrador es siempre el mismo: hacer que el lector adopte su punto de vista. Y para lograrlo utiliza todo tipo de recursos. Uno de ellos, frecuente en todo tipo de narrativa, es compartir con el lector –en este caso espectador- informaciones que los personajes del relato desconocen. El narrador de Ágora lo hace de forma magistral, mostrando al espectador numerosas escenas privadas en las que va cincelando el perfil de la protagonista, cuyo amor a la sabiduría, sensibilidad y estatura moral cautivan al espectador y le predisponen contra los brutos e insensibles monjes venidos del desierto, que son la antítesis de todo lo que Hypathía representa. Pero no hay que olvidar que el diseño de los personajes se debe también al autor, quien los modela y los hace intervenir de acuerdo con su punto de vista.

Ágora es una ficción, una creación artística en la que se evocan acontecimientos del pasado. Pero, como sucede en el caso de Theodora, esta evocación histórica no se hace en el vacío, sino en una situación concreta, en la que tiene necesariamente un impacto. Entonces, hay que preguntarse: ¿Por qué se evoca este episodio? ¿Por qué se cuenta de esta forma? ¿Por qué suscita tanto interés? El impacto mediático de esta película, y el éxito de taquilla que está teniendo en España, ayudan a responder a estas preguntas. La película de Amenábar se inscribe en un proceso de redefinición de nuestra identidad colectiva, un proceso largo y lento, pero implacable, en el que es fundamental una relectura del pasado. La identidad colectiva de las sociedades occidentales se ha construido durante mucho tiempo sobre profundas raíces cristianas. Pero esta forma de definir la identidad ha entrado en crisis y, en lugar de recuperar constructivamente el pasado sobre el que estamos asentados, se opta por suprimirlo tachándolo de intolerante, o proclamando que las cosas no fueron como nos las han contado.

 

Recuperar constructivamente nuestro pasado no significa aceptarlo acríticamente, sino todo lo contrario. La iglesia católica ha dado ejemplo de ello, pidiendo públicamente perdón por los errores del pasado. Pero lo que verdaderamente importa desde una perspectiva social más amplia no es sólo eso. La cuestión de fondo que se debate en el uso o el abuso del pasado es la de nuestra identidad, y ésta no se puede improvisar. No se puede borrar impunemente la herencia que nos ha hecho ser lo que somos, porque puede que al final nos encontremos con que no sabemos quiénes somos. La tarea de construir la identidad común sólo se puede hacer asumiendo creativa y constructivamente el pasado, y en esta tarea todos tenemos una responsabilidad, también los artistas y creadores.

El crucifijo ¿una violación?

Escrito por derechoparroquial 03-11-2009 en General. Comentarios (0)

Acabo de leer la noticia: "El Tribunal Europeo de los Derechos Humanos de Estrasburgo (Francia) declaró hoy la presencia de los crucifijos en las aulas "una violación de los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones" y de "la libertad de religión de los alumnos". La sentencia responde al recurso presentado por Soile Lautsi, una ciudadana italiana de origen finlandés, que en 2002 había pedido al instituto estatal italiano en el que estudiaban sus dos hijos que quitara los crucifijos de las clases."

 

¡No faltaria más! El tribunal de Derechos Humanos, que no es capaz de defender a los humanos no nacidos con políticas permisivas para favorecer el aborto se atreve a llamar "violación" a la presencia de un símbolo de la cultura de occidente en los centros de enseñanza.  El ministro de Políticas Agrícolas italiano, Luca Zaia, ha afirmado desde la más pura coherencia y sensatez que "quien ofende los sentimientos de los pueblos europeos nacidos del cristianismo es sin lugar a dudas la Corte de Estrasburgo . Sin identidad, no existen los pueblos y sin cristianismo no existiría Europa [...] quienes han emitido esta sentencia deberían avergonzarse".

 

Pero no parece que sea así. Todo menos reconocer las raíces cristianas de la cultura europea. Todo menos reconocer el papel del cristianismo en la proclamación de los derechos humanos y en la creación de los Estados democráticos modernos. Todo menos la verdad.

 

Estamos con la Conferencia Episcopal italiana que ha calificado la sentencia de  irresponsable y miope: "Frente al vacío ético, moral que a menudo vemos en nuestros jóvenes, pensar que se les ayuda haciendo 'tabula rasa' con todo me parece verdaderamente miope [...] detrás del crucifijo hay una dimensión cultural y educativa que sería verdaderamente irresponsable intentar eliminar".

«Ágora: Hipatia»

Escrito por derechoparroquial 30-10-2009 en General. Comentarios (0)

 

LA RAZÓN 6-10-09
Jesús Trillo Figueroa Abogado del Estado

El cine es un maravilloso medio para contar la Historia, pero tiene sus limitaciones: a veces, las ambiciones excesivas pasan factura. Los realizadores de «El Código da Vinci» pretendieron convertir a  Magdalena en diosa y se pasaron. Amenábar pretende, nada más y nada menos, contar una historia a partir de la cual «el mundo cambió para siempre».. Y se ha vuelto a pasar cuatro pueblos más. La película tiene tantos mensajes ideológicos que es imposible meterlos en dos horas y, al mismo tiempo, mantener un ritmo entretenido, interesante y espectacular.


El cine requiere medir las secuencias, los silencios, los tránsitos y, sobre todo, un guión que mantenga la atención del espectador. Es una pena, porque la película contaba con todos los mimbres: un gran director, una generosa producción, una preciosa actriz, un maravilloso decorado y una perfecta ambientación. Pero lo que pretenden es inyectar en una pastilla los siguientes mensajes: primero, que las religiones generan odio y violencia. Segundo, que el cristianismo es la más talibán de todas y la que empezó. Tercero, que existen dos mundos, por una parte, el de la filosofía y la ciencia, contrapuesto e incompatible con el de la religión. Cuarto, que el cristianismo al principio fue misericordioso, pero la jerarquía eclesiástica y la Iglesia son por definición intolerantes y fundamentalistas. Y, sobre todo, hay dos mensajes más que son especialmente queridos por la película y por toda la explosión de libros y propaganda que estos días se vienen haciendo: el cristianismo es la causa de la caída del Imperio Romano y de la desaparición de la sabiduría grecolatina. Además, es el culpable de la subordinación y dominación de la mujer por parte del hombre.

 

En fin, Alejandría e Hipatia son el símbolo de una civilización grecorromana basada en la filosofía, la ciencia y la libertad, hasta que llegó el cristianismo y comenzó la oscura Edad Media. Demasiado para una sola película. Y la cosa continúa porque, según declara el director, «es increíble cómo se parece a la situación actual».

¿Es casualidad que desde julio hasta el estreno de la película se hayan publicado más de cuatro biografías sobre Hipatia, paradigma de las cuales es la de Clelia Martínez Maza, financiada por la Dirección General de Ciencia y Tecnología? Más de 10 novelas, ejemplo de las cuales es la escrita por el hermano de Carmen Calvo, ex ministra de Cultura, además de multitud de estudios de historia sobre la época. Y todo ello con el mismo mensaje. Que todo salga al mismo tiempo no puede ser casualidad. Una vez más, nos encontramos con un ataque ideológico perfectamente orquestado.


Ahora la cosa va directamente contra la religión y particularmente contra el cristianismo. Lo malo de la trama que cuenta la película es que es mentira desde el principio hasta el final. Hipatia no fue asesinada siendo una joven tan hermosa como Rachel Weisz, de 38 años, sino que murió en el año 415 y tenía 61. No fue famosa por sus dotes de astronomía por más que en la película se empeñen terca y cansadamente, atribuyéndole haberse adelantado a Kepler más de mil años; sino porque era una «divina filósofa» platónica, en palabras del obispo cristiano Sinesio de Cirene -única fuente coetánea que se conserva sobre ella-, a la que llama en sus cartas «madre, hermana, maestra, benefactora mía». El citado obispo, a quien en la película se le hace traidor y cómplice en el asesinato de la filósofa, murió dos años antes que ella, así que es imposible que tuviera nada que ver con su muerte. Ella fue virgen hasta el final, pero no vivió la castidad como ha dicho la protagonista, que se ha declarado feminista radical, «para ser igual que un hombre y poder ejercer una profesión con plena dedicación». Lo hizo porque, coherente con su filosofía, ejercía la Sofrosine, es decir el dominio de uno mismo a través de las virtudes entendidas como el control de los instintos y las pasiones.

 

Hipatia nunca fue directora de la Biblioteca de Alejandría, ni ésta fue destruida por los talibanes cristianos. La biblioteca fue incendiada por Julio César, saqueada junto con el resto de la ciudad por Aureliano en el año 273, y rematada por Diocleciano en 297. Es verdad que en el año 391 fue estruido lo que quedaba del  templo del Serapeo después de la destrucción por los judíos en tiempos de Trajano, y también el repaso que le pegó Diocleciano, quien, para conmemorar la hazaña, puso allí su gran columna, razón por la cual los cristianos lo destruyeron, ya que él era el símbolo de las persecuciones que sufrieron durante trescientos años. Pero lo que allí quedaba de la biblioteca era tanto como lo que restaba en otros sitios. El paganismo siguió existiendo en Alejandría hasta que llegaron los árabes. Y el neoplatonismo siguió floreciendo, hasta que lo recuperó el renacimiento cristiano.

 

Por cierto, que yo sepa, su más brillante exponente se llamaba San Agustín, coetáneo de Hipatia.

"Ágora" o siempre los mismos contra lo mismo

Escrito por derechoparroquial 28-10-2009 en General. Comentarios (0)

Me han contado que la película de Ágora, que está batiendo records de taquilla gracias al intenso bombardeo publicitario al que nos someten, es más de lo mismo. No esperaba otra cosa, viniendo de quien viene. Pero siendo sincero me hubiera gustado que, aunque fuera al final de los títulos de crédito, se hubiera hecho una referencia a lo que ha costado en subvenciones la película y cómo ese dinero -tan sabiamente utilizado por algunos que trabajan sin denuedo en desterrar de nuestro mundo a Dios y todo lo que significa la civilización cristiana- podría haber sido utilizado, sin ir más lejos, en la investigación civil. Hace unos días se conoció la decisión del Gobierno de recortar los presupuestos en investigación civil en 257 millones de euros en 2010. Cultura es la cartera más perjudicada, después de Innovación, en las cuentas del próximo año. Su dotación disminuirá un 11%, hasta los 867 millones, una austeridad que no se refleja en el cine, cuyo fondo sigue creciendo. Quizá una breve indicación, aunque fuera al final de la película nos ayudaría a todos a comprender el grado de ideologización que tienen algunos de los más célebres cineastas españoles y el uso que se da a nuestros impuestos para enriquecerlos a ellos y dejarnos a todos con la boca abierta de perpejidad. Pero será mucho pedir...